Cuando nos hablan de un contrato, solemos imaginar un documento escrito que tiene por objeto un bien de gran valor y que solo ocasionalmente tenemos la oportunidad de firmar. Sin embargo, todo el tiempo celebramos contratos en nuestra vida cotidiana, por diversos medios y con diferentes objetos. Por ejemplo, si compramos en el kiosco una golosina, estamos celebrando un contrato con el kiosquero. En consecuencia, es importante que entendamos qué es un contrato.

De acuerdo con el art. 957 del Código Civil y Comercial de la Nación (C.C. y C.N.), un contrato es el acto jurídico mediante el cual dos o más personas, sean físicas o jurídicas, manifiestan su consentimiento para crear, modificar, transferir o extinguir relaciones jurídicas patrimoniales.

Para que un contrato sea válido debe contar con ciertos elementos esenciales: consentimiento, objeto y causa. Aquí, nos centraremos en el consentimiento.

Se puede definir como consentimiento la declaración de voluntad de las partes de realizar un acto jurídico. En el caso de los contratos, el consentimiento ocurre cuando una oferta es aceptada y esa aceptación es comunicada al oferente. Es decir, que para que haya consentimiento tiene que haber una oferta (realizada por el oferente) y una aceptación (por el destinatario).

La oferta, de acuerdo con el art. 972, es la manifestación dirigida a persona determinada (es decir, a una persona específica) o determinable (un posible destinatario), con la intención de entrar en una relación contractual y con las precisiones necesarias como para que esa oferta sea considerada seriamente.

Si la oferta está dirigida a personas indeterminadas (o sea, a nadie en particular), no es una oferta sino una invitación a que el destinatario oferte, salvo que se diga lo contrario. Por ejemplo, si vemos un cartel de “se vende bicicleta” no es una oferta sino que es una invitación para que cualquier persona pueda ofertar por dicha bicicleta. Si en cambio, el vendedor le oferta la bicicleta a alguna persona determinada (un amigo por ejemplo), con los detalles necesarios (el precio, la descripción, etc.), se trata de una oferta.

La oferta obliga al oferente, es decir, queda obligado a respetar la oferta, no puede cambiarla. Queda comprometida a cumplir con lo que detallaba su oferta. Pero ¿por cuánto tiempo? Si la oferta se hace a una persona presente o por un medio de comunicación instantánea (por ejemplo, teléfono), sin fijación de plazo, debe ser aceptada inmediatamente. Si no es aceptada, la oferta cae. No puede el destinatario reclamar esa misma oferta un tiempo después. El oferente queda obligado solo durante el instante que tarda en responderle el destinatario. Si la oferta se hace a una persona ausente, sin fijación de plazo, el oferente queda obligado hasta el momento en que pueda razonablemente esperarse la recepción de la respuesta. El destinatario tiene un tiempo razonable para responder la oferta.  Los plazos de vigencia de la oferta comienzan a correr desde la fecha de su recepción. Para continuar con nuestra venta de la bicicleta, si el vendedor le oferta a un amigo en persona o por teléfono, este último debe responder de inmediato; si en cambio se la oferta por medio de algún amigo en común, debe esperar un plazo razonable a que la otra persona le responda.

Hay una sola instancia donde la oferta puede ser retractada: si la comunicación de ese retiro es recibida por el destinatario antes o al mismo tiempo que la oferta. Por ejemplo, el vendedor de la bicicleta lo llama a su amigo para decirle que aumentó el precio antes de que haya escuchado el precio anterior.

La oferta caduca cuando el oferente o el destinatario fallecen o se incapacitan antes de la recepción de su aceptación. En otras palabras, si uno de los dos muere o pierde la capacidad antes de la recepción de la aceptación, cae la oferta. El que aceptó la oferta ignorando la muerte o incapacidad del oferente (sin que haya habido recepción de su aceptación) y que a consecuencia de su aceptación haya hecho gastos o sufrido pérdidas, tiene derecho a reclamar una reparación. En nuestro ejemplo, si el vendedor muere antes de recibir la aceptación del comprador y nadie le notifica al comprador, y éste realiza un gasto que considera necesario para concretar el contrato que él cree que está vigente, como comprar un pasaje para viajar a la ciudad del vendedor, tiene derecho a que le retribuyan el gasto.

Según el art. 978, la aceptación es toda declaración o acto del destinatario que revela plena conformidad con la oferta, sin modificar nada. Cualquier modificación a la oferta que su destinatario hace al manifestar su aceptación, no vale como tal, sino que implica una nueva oferta (una contraoferta).

Finalmente, la aceptación debe ser comunicada al oferente, y cuando éste recibe la comunicación que da cuenta de la aceptación de su oferta, se perfecciona el contrato y éste nace como tal. Entonces, como decíamos más arriba, cuando una oferta es manifestada y luego aceptada con conocimiento del oferente, se expresa el pleno consentimiento de las partes en la celebración de un contrato, dando lugar a su perfeccionamiento.

En la actualidad, en los contratos internacionales celebrados por medios electrónicos, se da la dificultad de no estar determinado por ley o doctrina si se trata de un contrato entre presentes o entre ausentes. Podría ser entre presentes dado el hecho de que ambos contratantes están en simultáneo detrás de la computadora o entre ausentes porque los contratantes están en diferentes países. A esto se agrega la dificultad para establecer cuál es el lugar de celebración del contrato. La doctrina indica que la tendencia mayoritaria es fijar como tal el domicilio del oferente, salvo si se trata de un contrato de consumo, donde se considera como lugar de celebración, el domicilio de consumidor.

Fuentes

  • Código Civil y Comercial de la Nación. Buenos Aires, Congreso de la Nación Argentina, 2014.
  • Laje, Rodrigo y Medina, Flavia, “Contratos internacionales. Aspectos jurídicos del comercio electrónico en la actividad turística.” Buenos Aires, Fundación Proturismo, 2013

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